EL TIRRENO EN DISPUTA (SS. VIII-V A.C.). Por Víctor Manuel Galán Tendero.

07.03.2025 11:27

              

               El Mediterráneo Occidental atrajo a navegantes y comerciantes del Oriental desde comienzos del segundo milenio antes de Jesucristo. Los fenicios entablaron relaciones con Tartessos, pero los griegos no quisieron quedarse atrás. A mediados del -VIII los calcídicos llegaron a la isla de Ischia y a la campana Cumas un poco después. Buscaban acceder a las riquezas mineras de la emergente Etruria al modo de los fenicios con las de Tartessos.

               Una vez asentados allí, en una verdadera cabeza de puente, los griegos quisieron controlar los accesos del estrecho de Mesina con la fundación de Zancle y Rhegion (Reggio Calabria). Como es bien sabido, la colonización griega no respondía a un movimiento único, pues en la misma tomaron parte distintas polis. Corinto fundó en tierra siciliana Siracusa, al igual que los rodios Gela a inicios del siglo VII antes de Jesucristo. Los dorios establecerían Akragas (Agrigento) una centuria más tarde.

                Hacia el 600 antes de Jesucristo los focenses fundaron Massalia, la actual Marsella, que comerció profusamente con la Europa del interior, la de la cultura de Hallstatt. A inicios del siglo -VI se establecieron en Ampurias. Sin embargo, sus contactos con Tartessos serían anteriores. El célebre viaje de Coleo de Samos se ha fechado en el 640 antes de Jesucristo. Así lo consignó Heródoto:

              “Como estuvieron ausentes más tiempo del concertado, se le acabaron a Corobio todas las provisiones. Entretanto una nave samia, cuyo capitán era Coleo, y que se dirigía a Egipto, fue llevada a (la isla de Libia de) Platea. Los samios, informados por Corobio de toda la historia, le dejaron víveres para un año, partieron de la isla y se hicieron a la vela deseosos de llegar a Egipto, aunque desviándose por el viento del Este; y como no amainaba, atravesaron las columnas de Heracles, y aportaron a Tartessos, conducidos por divina guía. Era entonces Tartessos para los griegos un mercado virgen, de suerte que cuando volvieron, habían ganado con sus mercancías más que todos los griegos que nosotros sepamos con certeza, después de Sóstrato, de Egina, hijo de Laodamante, porque con éste ningún otro puede contender. Los samios, apartando el diezmo de su ganancia, seis talentos, hicieron un caldero de bronce a manera de cratera argólica, con unas cabezas de grifos que sobresalen del borde; lo dedicaron en el Hereo, sostenido por tres colosos arrodillados, de bronce, cada uno de siete codos de alto.” (Libro IV, 152).

               En los años sucesivos, los focenses consiguieron entablar relaciones amistosas con la aristocracia de Tartessos:

             “Los focenses fueron los primeros griegos que hicieron largas navegaciones y son los que descubrieron el Adriático, el Tirreno, la Iberia y Tartessos; no navegaban en naves redondas, sino en naves de cincuenta remos. Aportaron a Tartessos y se ganaron la amistad del rey de los tartessios, llamado Argantonio.” (Libro I, 163).

               Hacia el -565, además, fundaron Alalia, en la isla de Córcega. En el -525 los focenses pudieron depositar un valioso tesoro en el santuario panhelénico de Delfos, pero las cosas distaron de resultarles fáciles. A la amenaza persa sobre la propia Focea se sumó la hostilidad cartaginesa en el Mediterráneo Occidental.

               Aunque la noticia de Diodoro Sículo sobre la fundación de Ibiza en el -635 ha sido puesta en duda, los cartagineses ya eran una importante potencia naval en el siglo VI antes de Jesucristo, con unos fenicios sometidos al poder persa. Sumaron sus fuerzas a las de los etruscos, y opusieron resistencia a los focenses de Alalia, que habían acogido a gentes de la metrópoli. Hacia el -535 se libró la batalla de Alalia, referida por Heródoto:

              “Después que llegaron a Córcega, vivieron cinco años en compañía de los que habían llegado primero, y edificaron allí sus templos. Pero como saqueaban y pillaban a todos sus vecinos, unidos de común acuerdo los tirrenos (etruscos) y los cartagineses, les hicieron la guerra, armando cada uno sesenta naves. Los focenses tripulaban también sus bajeles en número de sesenta, y les salieron al encuentro en el llamado mar de Cerdeña. Se empeñó un combate naval, y tuvieron los focenses una victoria cadmea: perdieron cuarenta naves y las veinte que se salvaron quedaron inútiles, pues sus espolones se torcieron. Se volvieron a Alalia, y tomando a sus hijos y mujeres, con todos los bienes que las naves podían llevar, dejaron a Córcega y se dirigieron a Regio.” (Libro I, 166).

                El triunfo sirvió de poco a los focenses, y los cartagineses y los etruscos alcanzaron un acuerdo del que se hizo eco Aristóteles en su Política. Se ha supuesto que sería muy similar al del 509 antes de Jesucristo entre Cartago y Roma, insistiéndose en las buenas relaciones comerciales y en el respeto de las respectivas áreas de influencia de cada potencia. Las láminas de oro de Pyrgi, del -500, acreditan la alianza entre Cartago y el principado etrusco de Caere (Cervetari). Los cartagineses asumieron el poder sobre las colonias fenicias de Cerdeña, dando curso a las nuevas relaciones entre las islas tirrenas y Etruria. De hecho, se ha localizado presencia etrusca en la misma Alalia.

               Sin embargo, los griegos no se dieron por vencidos. En el -480 los griegos de Siracusa y Akragas vencieron a los cartagineses en la batalla de Hímera. El tirano Hierón de Siracusa sacó partido de la situación: atacó primero a los cartagineses y más tarde, en el -474, venció a los etruscos en la batalla naval de Cumas. Ofrendó cascos en Olimpia en honor de tal triunfo militar, y los siracusanos se atrevieron a ubicar una guarnición en Pitecusa. También incursionaron en la misma Etruria. Sin embargo, el mar Tirreno no se convirtió en un lago griego o siracusano, pues las grandes potencias prosiguieron luchando porfiadamente por su dominio.

               Para saber más.

               Heródoto, Los nueve libros de la historia. Traducción de María Rosa Lida de Malkiel, 2 vols., Barcelona, 1987.

               Serge Lancel, Cartago, Barcelona, 1994.

               Mario Torelli, Historia de los etruscos, Barcelona, 1996.